La inteligencia artificial avanza con rapidez dentro de las organizaciones, hoy sus beneficios son evidentes y cada vez son más las empresas que la incorporan a sus procesos cotidianos; sin embargo, no todas han logrado dimensionar todo lo que ese cambio implica.
La verdadera transformación no termina en la tecnología, pues cuando se modifica la forma de trabajar, también empieza a transformarse el contenido de muchos puestos. Algunas responsabilidades pierden relevancia, otras adquieren mayor peso, aparecen nuevas expectativas sobre la capacidad de análisis y el criterio cobra un valor distinto frente a tareas que antes dependían casi por completo de la experiencia.
Cuando esto ocurre, se presenta un fenómeno del que poco se habla, simplemente, porque puede pasar inadvertido… Los títulos de los puestos permanecen, el organigrama no se mueve y, en apariencia, todo sigue igual; sin embargo, al observar con atención no es difícil darse cuenta de que el trabajo ya no es exactamente el mismo y que, junto con él, también cambia el valor que cada puesto aporta a la organización.
Si en tu empresa la incorporación de la IA ya es un tema resuelto, ha llegado el momento de aprovechar esa evolución para fortalecer las bases desde las que se administra el talento; porque cuando esas bases dejan de responder a la realidad del trabajo, también se debilitan decisiones relacionadas con la contratación, el desarrollo del personal y la compensación, además de la forma en que se organiza y se distribuye el trabajo dentro de la empresa.
Por sí sola la tecnología no marca la diferencia. La diferencia está en saber alinear las ventajas de las herramientas tecnológicas con la capacidad de cada organización para replantear, en el momento adecuado, la forma en que administra su talento.
𝗖𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗹𝗮 𝗴𝗲𝘀𝘁𝗶𝗼́𝗻 𝗱𝗲𝗹 𝘁𝗮𝗹𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗲𝘃𝗼𝗹𝘂𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮 𝗰𝗼𝗻 𝗲𝗹 𝘁𝗿𝗮𝗯𝗮𝗷𝗼, 𝗹𝗮 𝗜𝗔 𝗱𝗲𝗷𝗮 𝗱𝗲 𝘀𝗲𝗿 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝘂𝗻𝗮 𝗵𝗲𝗿𝗿𝗮𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗮 𝘆 𝘀𝗲 𝗰𝗼𝗻𝘃𝗶𝗲𝗿𝘁𝗲 𝗲𝗻 𝘂𝗻𝗮 𝗳𝘂𝗲𝗿𝘇𝗮 𝗱𝗲 𝘁𝗿𝗮𝗻𝘀𝗳𝗼𝗿𝗺𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗹𝗮 𝗼𝗿𝗴𝗮𝗻𝗶𝘇𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻.





