Al diseñar un paquete de beneficios es natural partir de lo que ofrece el mercado. Con ese fin se investiga qué está haciendo la competencia, cuáles son las nuevas tendencias o qué están solicitando los colaboradores. Sin duda, todo es información útil y valiosa, pero si esos referentes terminan marcando la decisión, se habrá perdido la oportunidad de adoptar beneficios que realmente generen valor para la organización.
Cada beneficio representa una inversión y, como cualquier inversión, debería perseguir un objetivo específico; de tal forma que si se tienen claras las prioridades a satisfacer, elegir la prestación adecuada resulta mucho más sencillo.
𝗗𝗲𝗹 𝗼𝗯𝗷𝗲𝘁𝗶𝘃𝗼 𝗮 𝗹𝗮 𝗱𝗲𝗰𝗶𝘀𝗶𝗼́𝗻.
La idea de ligar beneficios con necesidades organizacionales automáticamente cambia la manera de evaluarlos; pues el éxito o el fracaso deja de centrarse en si una prestación gustó o fue bien recibida. Aquí el único criterio de evaluación, es saber si ayudó a conseguir el resultado para el que fue creada.
Vistos así, los beneficios dejan de ser un listado de prestaciones independientes, porque cada uno responde a una decisión sobre el tipo de organización que se quiere construir y sobre las capacidades que vale la pena desarrollar.
Al momento de configurar un esquema de incentivos, conviene recordar que los beneficios no deberían administrarse como un catálogo de prestaciones, sino como un portafolio de decisiones estratégicas.






