Cuando una contratación no funciona, casi siempre buscamos la explicación en el mismo lugar. Pensamos que falló la entrevista, que las pruebas no fueron suficientes o que simplemente elegimos al candidato equivocado. Pocas veces nos detenemos a revisar si el problema comenzó mucho antes de que iniciara el proceso.
La realidad es que la mayoría de los procesos de contratación comienzan con la búsqueda de personas, cuando en realidad deberían arrancar definiendo las necesidades que la organización debe resolver a través de esa posición.
Generalmente se invierten semanas en la búsqueda, se involucra a varios entrevistadores, se aplican evaluaciones e incluso se llega a un consenso sobre el mejor candidato. Aun así, la decisión puede ser equivocada si nunca estuvo claro qué debe aportar esa posición a la empresa.
Este es el verdadero motivo por el que algunas contrataciones resultan decepcionantes, aun cuando el proceso de selección haya sido impecable. Durante todo el proceso se evaluó a los candidatos con rigor, pero nunca se cuestionó si la necesidad que generó la vacante había sido bien definida.
Cuando hay claridad en el problema a resolver, el resto del proceso se ordena de manera natural. Las responsabilidades del puesto, el perfil del ocupante y los criterios para evaluar a los candidatos dejan de ser suposiciones y responden a un objetivo concreto. Entonces, la búsqueda no se centra en encontrar al candidato con el mejor currículum y se orienta hacia la persona que realmente puede generar el resultado esperado.
Al final, la confiabilidad de una contratación no depende únicamente de la calidad del reclutamiento, también se basa en la claridad con la que se define el problema que se busca resolver o los resultados que se esperan alcanzar.
Antes de preguntarte si elegiste al mejor candidato, mejor pregúntate si estaba claro lo que se esperaba de la posición y cómo se medirá su éxito, porque… una buena decisión difícilmente puede surgir de una necesidad mal definida.





